La historia de Harold Correa es, ante todo, una historia de dignidad y resistencia. Como director que también emigró en busca de oportunidades, siento una conexión profunda con su experiencia. Llegar a un país nuevo sin nada, enfrentarse al rechazo, la invisibilidad y la soledad, es una realidad que conozco de primera mano. Por eso sé que hay historias que merecen ser contadas desde dentro, con honestidad y sin filtros.
Harold no es solo un sobreviviente; es alguien que, incluso en la oscuridad más absoluta, se negó a perder su humanidad. Mientras muchos se resignaban o desaparecían en la burocracia, él comenzó a soñar en silencio, sin épicas ni grandes discursos, con una idea sencilla pero poderosa: los migrantes no necesitan caridad, sino acceso real, herramientas para construir su futuro.
Su camino lo llevó a cambiar un sistema excluyente, y su historia se transformó en un proyecto que hoy abre puertas a miles. Quiero contar esta historia porque, como él, he vivido la lucha silenciosa de quienes buscan no solo adaptarse, sino transformar su realidad. Esta película no busca hacer de Harold un héroe, sino mostrar su humanidad, con sus miedos, errores y humor, y reflejar esa Europa que muchos prefieren ignorar.
Para mí, contar esta historia es una necesidad personal y un compromiso: acercar al público a esa lucha persistente y mostrar que, en medio de la exclusión, pueden nacer ideas revolucionarias. Harold no vino a pedir, vino a crear. Y como alguien que también ha cruzado fronteras y enfrentado obstáculos, siento que esta historia solo podía ser contada desde mi mirada, desde dentro.